El Primer Corralito Bancario

Corralito: se denominó “corralito” a una restricción a la extracción de dinero en efectivo de plazos fijos, cuentas corrientes y cajas de ahorro impuesta por el gobierno de Cavallo-De la Rua en el mes de Diciembre del 2001. El objetivo que se perseguía con estas restricciones era evitar la salida de dinero del sistema bancario, intentando evitar así otra corrida bancaria y el colapso del sistema…

La gente comenzó a formar largas colas frente a los bancos y los tonos de las conversaciones, que incluían fuertes insultos a las figuras más notables del gobierno y de la actividad privada, envueltas en escándalos de corrupción y en privatizaciones fraudulentas, fueron subiendo hasta transformarse en gritos cuando se cerraban las puertas de los lugares que hasta entonces aparecían como los más seguros para depositar un dinero que, decían, estaba garantizado por el Estado. Las coartadas gubernamentales y bancarias abundaban y cada vez convencían menos a una población que veía evaporarse sus ingresos devorados por la inflación mientras observaban cómo se elevaban las mansiones de los corruptos y los especuladores que ya habían tomado la precaución de enviar sus dineros al exterior en una colosal fuga de capitales que fue comentada tempranamente por Domingo F. Sarmiento. “Lo que más distingue a nuestra colonia en París son los cientos de millones de francos que representa -escribía-, llevándole a la Francia no sólo el alimento de sus teatros, grandes hoteles, joyería y modistos, sino verdaderos capitales que emigran, adultos y barbados, a establecerse y a enriquecer a Francia”.

No creo en el sufragio universal. Consultar al pueblo siempre es errar pues éste únicamente tiene opiniones turbias

En 1887, el gobierno de Miguel Juárez Celman, que comenzaba una alocada política privatizadora, había promulgado la ley 2216, de “Bancos Nacionales Garantidos”, que permitía a los bancos privados emitir billetes de curso legal con el respaldo de las reservas en oro del Estado. La misma ley autorizaba a fundar un banco a cualquier persona que pudiera demostrar un capital mínimo de 25.000 pesos moneda nacional. El sistema era -o mejor dicho, debía ser- el siguiente: los bancos le compraban al Gobierno títulos de la deuda interna. El Gobierno les entregaba las sumas pagadas en billetes con el nombre de cada banco. Para controlar el cumplimiento de la ley, inspeccionar a los bancos y entregar los billetes garantizados, se creó la Oficina Inspectora de Bancos Garantidos.

Como pueden adivinar los avezados lectores, se estaba gestando un negocio colosal. La prueba contundente está en el crecimiento del número de bancos. De junio a diciembre de 1888 se crearon nueve bancos provinciales garantidos y en sólo dos años ya existían 20: el Banco Nacional, agente financiero del gobierno central; 13 provinciales, con capitales aportados por sus respectivos gobiernos, y 6 privados. En menos de dos años los bancos comenzaron a enviar sus capitales al exterior y el Estado debió decretar un corralito que limitó el retiro de los ahorros depositados en los bancos. El Gobierno salió en defensa de las entidades financieras que en su mayoría presentaron quiebras fraudulentas. Las acciones bursátiles comenzaron a caer estrepitosamente.

Cuenta Carlos D’Amico, un lúcido testigo de aquellos bochornosos años: “La Exposición de París de 1889 puso a la moda en Europa a la República Argentina, tantas riquezas exhibió en hermosísimo palacio, levantado a fuerza de millones por los mejores artistas de la ostentosa ciudad francesa. Una crisis espantosa la puso de moda en 1890; tantas riquezas despilfarró, tantos millones de papeles emitió, tanto oro sellado exportó para Europa en pago de lujos inauditos, tanto se depreciaron los innumerables millones de sus papeles, que llegado el momento álgido se temió que perdieran su fuerza cancelatoria”.

Los miembros de la clase dirigente eran muy conscientes de lo que habían generado y de que no serían ellos sino todo el resto del país el que debería hacerse cargo del desastre, como puede leerse en esta carta enviada por uno de ellos desde París: “Estamos al borde del abismo. Sabes que mido mis palabras, sabes que no me alarmo de las sombras; te puedo garantir, te lo garanto, que el gobierno inglés se está poniendo de acuerdo con Alemania para dejarnos cocer en nuestro jugo durante dos años y llegar al abismo de la vergüenza y del desquicio, y luego, en nombre de sus intereses de sus ‘nacionales’ comprometidos, imponernos la intervención de Europa bajo la forma de una comisión financiera encargada de recaudar nuestros impuestos. El golpe está montado y es terrible. Si llegan a poner las manos en nuestro país, adiós independencia. No nos queda otro camino que parar el golpe, yendo delante de los deseos de Europa”.

Pero a los culpables de la crisis hay que buscarlos de los dos lados del mostrador. La revista inglesa Banker’s Magazine, de marzo de 1891, opinaba: “Si los argentinos han pecado no han sido ellos los únicos pecadores. Los financistas europeos han sido el genio del mal durante todo el drama”. Por su parte, el londinense The Times admitía: “El partido juarista en el poder es un ejemplo de flagrante deshonestidad, pero puede alegar con algo de razón que la perniciosa oferta de dinero europeo, en casi cualquier cantidad, fue una de las causas principales de la corrupción que caracterizó su período. Por lo tanto, debe atribuirse a la influencia europea gran parte de la responsabilidad por la actual situación argentina”.

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La crisis aceleró el desplazamiento de Juárez Celman a través de un movimiento cívico-militar que pasó a la historia como la Revolución del 90. Carlos Pellegrini -el vicepresidente de Juárez Celman- puso como condición para asumir la Presidencia que un grupo de banqueros, estancieros y comerciantes argentinos suscribieran un empréstito de 15 millones de pesos para hacer frente a los vencimientos externos.

El nuevo presidente aplicó un riguroso plan de ajuste que, como siempre, sólo ajustó a los sectores populares. Recortó violentamente los gastos administrativos, echó a 1.500 empleados públicos. Se postergaron imprescindibles obras públicas. Se rebajaron los sueldos estatales y las jubilaciones y pensiones. Pagarían la crisis los que ya la venían padeciendo.

El proceso que terminó con la crisis bancaria y social de 1890 se presenta tentador para aplicar el axioma “la historia parece repetirse”, y ver en aquellos hechos el antecedente más claro de las crisis argentinas de 1989 y 2001. Las coincidencias son notables: especulación bursátil, privatizaciones cargadas de corrupción, inflación, devaluación, corridas bancarias, fuga de capitales, escandaloso endeudamiento externo, enriquecimiento meteórico de unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría y descrédito de la corporación política.

Estamos frente a una situación causal y no casual, porque en la medida en que no se modifiquen las causas, las consecuencias serán similares. No se debe a la fatalidad ni a un fenómeno natural e irreversible que la Argentina padezca estas crisis, extraordinarias fuentes de oportunidades y negocios para los habitualmente bien conectados e informados. La idea de fatalidad, basada en el “siempre fue así”, en frases célebres al estilo de “pobres habrá siempre”, como decía un ex presidente, conduce sin escalas a la funcional idea de que “siempre será así”, obturando la creatividad y la posibilidad del cambio de paradigma.
Por Felipe Pigna

Publicada on septiembre 2, 2007 at 8:24 pm  Comments (1)  

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  1. […] ordenando los contenidos y reorganizandonos, (actualizamos el post de Manuel Belgrano y el del Primer Corralito) Mil disculpas & Muchas Gracias por todo!!! Publicado […]


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